sábado, 12 de junio de 2010

LA TORRE DE LOS SUEÑOS ( 3ª PARTE )



Quimera emprendió su camino feliz, pensando en todo lo que había vivido durante las últimas semanas junto a su nuevo amigo y su familia y en la cantidad de cosas nuevas que había aprendido, estaba impaciente por llegar a su próximo destino, un pueblo bastante más grande según le habían dicho y donde había un gran mercado en el que se vendía cualquier producto que una persona pudiese necesitar.

Poco antes de su partida su amigo le dio unas monedas diciéndole que eran su parte por los peces pescados en sus días juntos, el concepto de compra era nuevo para Quimera, en su reino jamás había necesitado dinero y ese concepto fue el que más le costó aprender a manejar, no encontraba sentido al cambio de cualquier producto necesario por un trozo de metal, por muy brillante que fuera, para que servía un papel si no podía comerlo como al pan o a la carne, no podía lavarse con él como con el jabón,

Le indicó que tuviera cuidado de no perderlas y sobre todo de que nadie se las quitara.
Eso seguía dándole vueltas en su cabeza, el que alguien pudiese pensar en coger unas monedas que no eran suyas no entraba en su razonamiento, jamás había oído algo semejante,

Quimera pasó el día caminando inmerso en sus pensamientos y la noche le sorprendió con su llegada casi repentina, la temperatura había bajado unos cuantos grados y sentía el frío bajo sus pobres ropas, esa noche decidió que debería pasarla a cubierto y después de un rato de búsqueda encontró una pequeña gruta que le pareció perfecta para su descanso, allí resguardado sacó de su mochila algo de comida que le había preparado su amigo y después de una frugal cena se durmió al instante por el cansancio acumulado a lo largo del día.

Una tenue luz iluminaba apenas un día despejado y sin viento cuando Quimera despertó, el sol apenas tenía todavía fuerza para calentar su cuerpo y eso le hizo más fácil su caminar, apenas llevaba una hora andando cuando llegó a un cruce de caminos desde el cual sabía que le quedaban poco más de dos kilómetros para llegar al pueblo.

El rápido trote de un caballo lo sacó de sus pensamientos, mirando hacia atrás vio acercarse un caballo guiado por un jinete, se quedó tan extasiado ante su belleza que casi lo arrolla por no apartarse al borde del camino hasta el último momento, aún así admiró su porte y su belleza, en su reino apenas había burros y algún asno que ayudaban en los trabajos del campo a los labradores, pero nada comparado con ese bello ejemplar que pasó junto a él velozmente levantando una gran polvareda en el camino.

Quimera aceleró su paso impaciente por llegar cuanto antes a su destino, deseoso de nuevas sensaciones y hambriento de conocimientos llegó a lo alto de la pequeña loma casi sin resuello y allí se encontró ante sus ojos una vista global del pueblo al que dirigía sus pasos y lo estudió detenidamente.

Estaba en el centro de un gran valle y era casi tan grande como su reino y también estaba rodeado de una gran muralla aunque esta tenía una perfecta forma cuadrada, en ella habían construido unos torreones en cada esquina desde los que estaba seguro que se divisaba cada uno de los rincones que rodeaban el pueblo y tenía en su parte central unas grandes puertas abiertas por las que entraba un incesante número de personas andando, a caballo o en carro. En su centro se encontraba una gran plaza rectangular, sus casas eran en la mayoría de una sola planta con un anexo que imaginó sería para los animales, de vez en cuando la uniformidad de las edificaciones se rompía con alguna casa de dos plantas que destacaba sobre las demás y que imaginó que pertenecerían a los nobles del lugar. Todas las casas eran de madera y en sus ventanas lucían flores espléndidas de diferentes colores, las calles formaban perfectas líneas rectas lo que le daba un aspecto cuidado.

Pensando en no perder ni uno solo de los detalles de todo lo que se extendía ante él cogió una pequeña rama y dibujó en el suelo de tierra cuanto abarcaban sus ojos, realizó un rápido boceto de sus calles, casas y muralla y después de fijarlo en su mente inició una rápida bajada hacia las grandes puertas abiertas que llevaban directamente al centro del pueblo.









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Una voz fuerte no puede competir con una voz clara, aunque esta sea un simple murmullo.
Confucio